…en la misión de Guamote.

Soy Marisol Sandoval, misionera agustina recoleta. Mexicana. El mejor regalo de mi vida, “mi profesión religiosa” el 10 de Octubre de 2004. Es hermoso contar cómo Dios ha ido tejiendo mi historia de Salvación, por ello quiero empezar recordando unas palabras que nuestro padre San Agustín nos dejó escritas: “Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas.” Dios contempla mi miseria y me brinda su amor sin medida, invitándome a hacer lo que pueda al confiarme una misión en tierras de la mitad del mundo, en un pequeño rincón de la serranía del Chimborazo, Riobamba – Guamote a 3.440 metros sobre el nivel del mar: compartir mi vida y vocación con la gente mestiza e indígena Quichua del Ecuador. Y yo, como Moisés, con los pies descalzos porque camino en tierra sagrada y como “el buen siervo que es aquél que no se empeña en oír decir lo que a él le gustaría, sino que está sinceramente dispuesto a oír lo que Dios le dice” (San Agustín), voy caminando por los páramos bendecidos por nuestro creador escuchando su voz y con un corazón abierto y generoso, llevando un mensaje de amor, de unidad y de esperanza a los pobres y sencillos.

 

Son ya dos años y medio que llevo viviendo en estas tierras frías, pero puras, del Chimborazo apropiándome de la cultura, de la lengua, gustando de la belleza de las montañas, de los frutos de la “pacha mama” (madre tierra), amando a la Iglesia, conducida a una inculturación de la fe para llegar a una inculturación del evangelio, abrazando las pobrezas humanas que me rodean, reconociéndome pequeña y limitada al contemplar los rostros quemados, por el sol y el frío del páramo, de los campesinos, ver como su trabajo es poco valorado y que muchas veces se ve perdido por las frías heladas que la naturaleza nos regala. Pero allí está Dios hablando en el silencio de las cosas, en la oración paciente, haciéndose una presencia callada, encarnada y actuante que a veces desconcierta pero, “El amor de Yavé no se ha acabado, ni se han agotado sus misericordias; se renuevan cada mañana. Sí, tu fidelidad es grande.” (Lamentaciones 3.22-23). 

 

Mi misión es vivir a plenitud mi ser de misionera, es salir al encuentro de Dios Padre misericordioso en los enfermos que visitamos, con gestos de acogida, llevando una sonrisa, una palabra de aliento, de consolación, atención y servicio en consonancia con la cultura, mostrando a Jesús que se parte y se comparte en la Sagrada Comunión, compartiendo con las familias la vida y la palabra, optando por la verdad, por la realidad de este mundo tal cual es, mostrando una vida fraterna como camino de conversión, felicidad y amor, alegrándome con los jóvenes y niños de la catequesis, dejando que ellos sean los protagonistas al lado de Jesús, abrazando sus sentimientos, haciendo camino de encuentro y seguimiento de una experiencia intima, cercana junto a María nuestra Madre, la mujer humilde que resume con su acción de sierva una vida fiel a la voluntad del Padre. 

 

Dios me pide constantemente salir de mi misma, de mis comodidades; me sorprende ante los acontecimientos muchas veces imprevistos, me provoca siempre dar lo mejor de mí, sacia mi sed, me hace estar en una búsqueda constante, me seduce con su palabra. Me hace comprender que mi Consagración es amar en gratuidad, servicio, generosidad, siempre disponible a ser don para los demás, ser don para que otros tengan vida en libertad, justicia. 

 

Me pide mis manos para ser caricia para los demás, para trabajar su tierra y hacer germinar el evangelio, me pide mis labios para hacer resonar la voz de los que no son escuchados, me pide mis pies para caminar junto a los caídos por la intolerancia de este mundo, me pide mi corazón para ser amiga de todo el mundo, y me recuerda que “no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos… y a mí me llama amiga. 

 

No es fácil, pero es apasionante. Y por eso le ruego al Señor con estas palabras que las hago mías: “Te ruego, Señor, que así como das la alegría y la fuerza, así hagas brotar de la tierra la verdad, y que la justicia mire desde el cielo y aparezcan las luminarias en el firmamento. Partamos el pan para darlo al hambriento, hagamos entrar bajo nuestro techo al que no tiene dónde quedarse. Vistamos al desnudo y no despreciemos a los de nuestro propio linaje. Y si frutos como éstos se dan en nuestra tierra, míralos, Señor, y di que son buenos; brille a su tiempo nuestra luz de tal manera, que ganando con esta interior cosecha de buenas obras las superiores delicias de la contemplación de tu Verbo, aparezcamos sobre el mundo como luminarias en el firmamento de tu Escritura” (San Agustín). Le pido a Dios que resplandezca siempre “todo honor y toda gloria” en mi ser de verdadera misionera, verdadera, agustina y verdadera recoleta. 

Y siempre viviré agradecida por el don de la vida, por el don de la vocación religiosa y por la familia de misioneras agustinas recoletas que me ha regalado gratuitamente. 

 

¡Gracias Padre, por todo tu amor derramado en esta misión de Guamote!

 

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