Ser Recoletas

Toda discípula Misionera Agustina Recoleta, descubre cada día que en su propia historia y la historia de la humanidad, es amada, cuidada y guiada por Dios misericordioso; de tal modo que viviendo esta convicción de fe, anuncia con alegría y valentía a Jesús donde se encuentra, estrechando lazos de fraternidad sin frontera con quienes le rodean, especialmente con los más sencillos y débiles.

Esta convicción de fe nace y se fortalece en el encuentro cotidiano con Dios Trinidad, que sale para encontrarse con quien le busca con fe sincera y humilde en las Sagradas Escrituras, en la oración comunitaria y personal, la Eucaristía y demás sacramentos, en la liturgia orada y meditada, en el discernimiento de las situaciones que le compromete a optar por actitudes en consonancia con la voluntad de Dios, etc.

De este modo, ser Recoleta, significa ante todo, ser fieles al espíritu de la Recolección Agustiniana que vivimos en comunión con nuestros hermanos Agustinos Recoletos.  Este legado, hace eco a la obra del Espíritu Santo en el siglo XVI en un grupo de religiosos agustinos que, rodeados por un contexto de acomodación, son impulsados para vivir con mayor coherencia la caridad evangélica de Jesucristo, asumiendo una vida más recogida, e intensamente dedicada a Dios y a la comunidad. Tal fidelidad al espíritu de la Recolección Agustiniana hoy (ser Recoleta) significa vivir el discipulado de Jesús, como un proceso vivo y continuo de recogimiento y de conversión interior, reconociendo que es en lo profundo del ser y de situaciones donde Dios habita y habla.  Así lo decía San Agustín: “No salgas fuera, entra en tu interior, dentro de ti habita la verdad, trasciéndete a ti mismo” (v. rel. 72).

Tal proceso de recogimiento: de reconocer la necesidad y prioridad del silencio, la oración, la interioridad, la docilidad al Espíritu Santo, de la intimidad-comunión-amistad con Dios, la entrega total e incondicional al Señor, dan vida al ser Misionera Agustina Recoleta.

Así pues, ser Recoleta significa ser agradecidas ante Dios por salir al paso de quien le busca y llama; significa ser buscadoras de Dios continuamente, desde una actitud humilde y sencilla, reconociéndole como la fuente de nuestro ser y de la entrega al servicio de los demás;  es reconocer el amor de Dios que prima en nuestras vidas, atendiendo al deseo de Dios de vivir la conversión como proceso de identificación con su voluntad amorosa y misericordiosa.  En definitiva, ser Recoleta, es aceptar la invitación actual de Dios a ser discípulas fieles, amantes de su voluntad, en continua búsqueda y entrega del amor misericordioso recibido previamente.