Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 4, 1-11

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.»
Jesús le respondió: «Está escrito:

“El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».

Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito:

“Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”».

Jesús le respondió: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».

El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme.»

Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito:
“Adorarás al Señor, Dios, y a Él solo rendirás culto”».

Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo. Palabra del Señor

COMENTARIOS

Siete son las tentaciones de toda persona consagrada: las enumeró el Papa Francisco en un breve pero emotivo encuentro con los religiosos y sacerdotes católicos de Egipto, poco antes de partir de vuelta a Roma. Son estas:

  1. La tentación de dejarse arrastrar y no guiar. El Buen Pastor tiene el deber de guiar a su grey (cf. Jn 10,3-4), de conducirla hacia verdes prados y a las fuentes de agua (cf. Sal 23). No puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo: «Pero, ¿qué puedo hacer yo?».

Está siempre lleno de iniciativas y creatividad, como una fuente que sigue brotando incluso cuando está seca. Sabe dar siempre una caricia de consuelo, aun cuando su corazón está roto. Saber ser padre cuando los hijos lo tratan con gratitud, pero sobre todo cuando no son agradecidos (cf. Lc 15,11-32). Nuestra fidelidad al Señor no puede depender nunca de la gratitud humana: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.18).

  1. La tentación de quejarse continuamente.Es fácil culpar siempre a los demás: por las carencias de los superiores, las condiciones eclesiásticas o sociales, por las pocas posibilidades. Sin embargo, el consagrado es aquel que con la unción del Espíritu transforma cada obstáculo en una oportunidad, y no cada dificultad en una excusa.

Quien anda siempre quejándose en realidad no quiere trabajar. Por eso el Señor, dirigiéndose a los pastores, dice: «fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes» (Hb 12,12; cf. Is 35,3).

  1. La tentación de la murmuración y de la envidia. Y esta es mala, ¿eh? El peligro es grave cuando el consagrado, en lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración. Cuando, en lugar de esforzarse en crecer, se pone a destruir a los que están creciendo, y cuando en lugar de seguir los buenos ejemplos, los juzga y les quita su valor.

La envidia es un cáncer que destruye en poco tiempo cualquier organismo: «Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir» (Mc 3,24-25). De hecho, no lo olviden, «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,24). Y la murmuración es su instrumento y su arma.

  1. La tentación de compararse con los demás. La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada uno de nosotros. Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento, compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la pereza.

Quien tiende siempre a compararse con los demás termina paralizado. Aprendamos de los santos Pedro y Pablo a vivir la diversidad de caracteres, carismas y opiniones en la escucha y docilidad al Espíritu Santo.

  1. La tentación del «faraonismo», – ¡estamos en Egipto!, bromeó – es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor y a los demás. Es la tentación de sentirse por encima de los demás y de someterlos por vanagloria, de tener la presunción de dejarse servir en lugar de servir. Es una tentación común que aparece desde el comienzo entre los discípulos, los cuales —dice el Evangelio— «por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9,34).

El antídoto a este veneno es: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).

  1. La tentación del individualismo.Como dice el conocido dicho egipcio: «Yo, y después de mí, el diluvio». Es la tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican. La Iglesia es la comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf. 1Co 12,12-27; Lumen gentium, 7). El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto.
  2. La tentación del caminar sin rumbo y sin meta. El consagrado pierde su identidad y acaba por no ser «ni carne ni pescado». Vive con el corazón dividido entre Dios y la mundanidad. Olvida su primer amor (cf. Ap 2,4). En realidad, el consagrado, si no tiene una clara y sólida identidad, camina sin rumbo y, en lugar de guiar a los demás, los dispersa. Vuestra identidad como hijos de la Iglesia es la de ser coptos —es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces— y ser católicos —es decir, parte de la Iglesia una y universal—: como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo.

Queridos consagrados, hacer frente a estas tentaciones no es fácil, pero es posible si estamos injertados en Jesús: «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15,4). Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión.

SAN AGUSTÍN COMENTA

Mt 4, 1, 11: La tentación de Cristo es enseñanza para el cristiano

No te enaltezcas hasta no buscar el bautismo. Busca el bautismo del Señor; yo he buscado el bautismo del siervo. Ahora bien, el Señor fue bautizado, y después del bautismo fue tentado, ayunó cuarenta días, para cumplir un misterio que varias veces os he recordado. No se puede decir todo a la vez, para no gastar en detalles el tiempo necesario. Después de cuarenta días tuvo hambre.

Bien podía él no haber sentido jamás hambre; pero ¿cómo iba a ser tentado? Y si él no hubiera vencido al tentador, ¿cómo habrías tú aprendido a luchar contra él? Sintió hambre, y enseguida viene el tentador: Si eres el Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en pan (Mt 4,3). ¿Qué tenía de extraordinario para el Señor Jesucristo hacer pan de las piedras, él, que con cinco panes sació a tantos miles de personas? (Mt 14,17-21).

De la nada creó el pan. ¿De dónde procedió tanto alimento para saturar a todos aquellos millares de personas? El manantial del pan estaba en las manos del Señor. No tiene esto nada de extraño, ya que el mismo que de cinco panes multiplicó cantidades de panes, saciando a millares, hace germinar todos los días de pocos granos cuantiosas mieses.

Estos son también milagros del Señor; pero nosotros no lo tomamos como un milagro, ya que es algo permanente y normal en nuestra vida. ¿Acaso, hermanos, le era imposible hacer pan de las piedras? Hizo hombres de las piedras, según el testimonio de San Juan Bautista: Poderoso es el Dios para suscitar de estas piedras hijos de Abrahán (Mt 3,9). ¿Por qué no hizo el milagro en esa ocasión? Para enseñarte a ti a dar la respuesta al tentador.

Si por ejemplo te encontraras en algún apuro, y te sugiriera el tentador lo siguiente: siendo tú cristiano, y perteneciendo a Cristo, ¿cómo es que ahora te tiene abandonado? ¿No tendría que haberte enviado algún auxilio? Piensa en el médico: en un momento preciso saja, y por ello parece que te abandona; pero no, no te abandona. Como le sucedió a Pablo: no lo escuchó, precisamente porque debía ser escuchado.

Pues dice el mismo Pablo que no fue escuchado en cuanto a quitarle el aguijón de su carne, un ángel de Satanás que lo abofeteaba; y dice: Por eso, tres veces rogué al Señor que lo apartara de mí, y me respondió: Te basta mi gracia, puesto que la virtud sed perfecciona en la flaqueza (2Cor 12,7-9). Comentario al salmo 90, II 6-7

¿QUÉ ME DICE A MI EL TEXTO?

  • Contemplo a Jesús en el desierto orando y venciendo al enemigo.
  • Reflexiono con humildad sobre mis tentaciones más frecuentes y pido la gracia y la ayuda de Dios para poder vencerlas en el combate de la fe y ante la mirada de Jesús que venció la tentación.
  • ¿Qué compromiso saco de este texto?

¿QUÉ ME HACE EL TEXTO DECIR A DIOS?:

Alabo, bendigo, agradezco, suplico…. “Da Señor lo que mandas, y manda lo que quieras” (cf. 10,40)

Oración

Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma,
progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.