La vida en una casa de formación es así: desaprender, reaprender y aprender muchas cosas. Y en esa dinámica adquirimos muchos valores y conocimiento acerca de Dios, de nosotras mismas y de nuestra congregación. La convivencia y la oración son las que posibilitan todo y además de esas dos, la disposición de corazón.

Día a día nos formamos, no porque no sabemos nada, sino porque cuando escuchamos la voz de Dios, queremos seguirla y al dar el paso de seguir, ya empezamos a caminar y ese camino no lo hacemos solas, y no lo hacemos sin estar preparadas. Hay que alimentarnos para estar fuertes, hay que tomar agua, para no deshidratarnos; hay que estar preparados para los días de lluvia, días de sol, para los caminos de piedra, de arena. La formación es el agua, el alimento, la fuerza, es lo que nutre, es lo que nos ayuda a caminar con Dios.

La vida religiosa no seria posible sin la formación. La experiencia de estar en un proceso de formación hace que nosotras florezcamos y demos frutos. Depende de nosotras que el fruto sea bueno. Pero no sin la ayuda de Dios y de la comunidad. Las hermanas ya profesas son las que, con su testimonio, con su vida y con sus aportes en experiencia y conocimiento, nos ayudan para que, en ese camino, no nos fatiguemos.

La carta de San Pablo nos dice: Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid así la ley de Cristo” (Ga 6, 2). Esto es lo que nos lleva en la dirección que debemos seguir, nos orienta, nos conduce a crear ese espacio de comunión y de unidad; la comunidad tiene esa responsabilidad de ayudar a formar, y estamos todos invitados a orar los unos por otros. La oración de cada uno es importante, tanto de nuestras hermanas de comunidad, como de nuestras familias y amigos. Es lo que sostiene, saber que Dios no se olvida de ninguno de nosotros sus hijos, y sabernos y sentirnos amados y cuidados por Él, esto nos fortalece y nos impulsa también a amar y cuidar.

Dejarse formar es un desafío enriquecedor, es un experimentarse barro en las manos de Dios. Es un proceso de purificación, de aprender a caminar día a día con Dios y con los hermanos, de redescubrir el amor, la comunión, la alegría, la paz, la fe en nuestra propia historia.

Eduarda Bento

Postulante MAR