La memoria del Amor de Jesús se hace comulgando con su carne y con su sangre. Yendo a comulgar y volviendo de comulgar.

 

Hoy el PP Francisco celebrará en su diócesis de Roma esta fiesta. Sus palabras y sus gestos nos indicarán el gran sentido que tiene para él la Eucaristía, el servicio, pero sobretodo el gran amor de Dios.

 

En la Eucaristía del Corpus Christi en el año 2008 decía: Renovamos el deseo más hondo de Jesús para sus discípulos. “Permanezcan en mi amor”. Este deseo de Jesús es fuente de Vida, porque así como él tiene vida por el Padre, de la misma manera el que permanece en su amor. Jesús quiere que todos tengamos vida en Él. Por eso se hace Pan Vivo, Pan que vivifica, Pan de Vida.

 

Renovamos también el deseo de Moisés para con su pueblo, Moisés exhortaba al Pueblo a tener buena memoria del Amor de Dios. Con cariño de padre le decía: “Acuérdate del largo camino que el Señor tu Dios te hizo recorrer por el desierto durante todos estos años. No te olvides del Señor tu Dios que te dio de beber y te alimentó en el desierto”.

 

La memoria, esa facultad tan linda que Dios nos ha regalado, nos permite permanecer en el amor, traer cerca a los que amamos, recordar, es decir ser uno en comunión con ellos en nuestro corazón. A la Eucaristía la llamamos “el memorial de la pasión y resurrección del Señor”; la memoria se fija en los gestos (estamos hablando de una memoria amorosa, no de cosas abstractas), y el acto supremo del amor de Jesús, su entrega, quedó fijada para siempre en la memoria de nuestro corazón. 

 

En el gesto de partir el pan nos acordamos de la cruz y en el gesto de compartirlo y comulgar, nos acordamos de su resurrección. Al saborear el pan de la Eucaristía el Espíritu Santo nos hace recordar todas las Palabras y gestos de Jesús, que son fuente de vida, fuente de amor.

 

Y como la vida no está quieta hay que caminarla. Para permanecer en el amor de Jesús, salimos a caminar las calles de nuestra ciudad, sacamos la Eucaristía a la calle, haciendo memoria de todo el largo camino que el Señor ha hecho en medio de nosotros. Salimos a caminar para recordar cómo Jesús nos ha cuidado. Salimos a caminar con la certeza alegre de que Él camina a nuestro lado y con la Esperanza humilde del encuentro.

 

Permanecer, recordar, caminar…. De un amor para permanecer en el cual hace falta recordar sus gestos mientras caminamos. Nos ponemos en camino pero sabiendo de dónde venimos y a dónde vamos: caminar en memoria, caminar recordando. Porque a veces nos puede pasar que no caminamos sino que “andamos” de aquí para allá, corriendo sin saber a dónde vamos, desvinculados, ensimismados… solitarios, fragmentados. La memoria del amor del Señor, en cambio, nos hace caminar juntos como peregrinos, con el corazón rebosante de alegría, sintiéndonos pueblo fiel de Dios, vinculados con los demás, atentos al que necesita, llenos de proyectos creativos y fecundos para el bien de la familia y de la patria….

 

A medida que uno camina, que sale de sí hacia los demás, se le abren los ojos y su corazón se reconecta con las maravillas de Dios. No podemos hacer memoria de Jesús instalados en nuestro propio yo, encerrados en nuestro mundito particular, en nuestros mezquinos intereses. 

 

El cristiano es peregrino, caminante, callejero. Jesús nos dijo que Él es el camino y para permanecer en un Camino  hay que caminarlo. No “se permanece” estando quieto. Pero tampoco yendo a mil, chocando y atropellando. Jesús no nos quiere ni quietos ni atropelladores, ni “dormidos sobre los laureles” ni crispados… Nos quiere mansos, con esa mansedumbre con que nos unge la “esperanza que no defrauda”. Nos quiere pacíficamente laboriosos en el camino. Él nos marca el ritmo. Jesús es un Camino por el que vamos juntos, como en la procesión. Vamos despacito, sintiendo la presencia de los demás, cantando, mirando a los de adelante, mirando al cielo, rezando por los que no están… Como lo hace Jesús, que es el amor y por eso se acuerda de los que ama y está siempre intercediendo por nosotros ante el Padre.

 

La memoria del Amor de Jesús se hace comulgando con su carne y con su sangre. Yendo a comulgar y volviendo de comulgar. Y al estar saboreando este amor, mientras masticamos el Pan de vida, se nos abren los ojos y vemos distinta la realidad.

 

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