“Miren, subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los sumos sacerdotes y letrados que lo condenarán a muerte. Lo entregarán a los paganos para que lo maltraten, lo azoten y lo crucifiquen. Al tercer día resucitará” (Mt 20, 18-19).

A TODAS LAS MISIONERAS AGUSTINAS RECOLETAS

Queridas hermanas:

El papa Francisco toma como lema para esta Cuaresma el versículo 18 del capítulo 20 de san Mateo: “Miren, subimos a Jerusalén”. Con Él nos invita a vivir este ciclo litúrgico en clave de fe, de esperanza y de caridad.

Cuaresma es tiempo especial de discernimiento y conversión, de corrección, de acercamiento a Dios y a los hermanos, tiempo de preparación para la Pascua.

De sobra conocemos los textos litúrgicos de este Miércoles de Ceniza; cada año nos van recordando la necesidad de ponernos el sayal de la penitencia porque somos pecadoras y nos recuerdan que hay que volver a lo esencial, a lo profundo de nuestras raíces, dones y carismas, volver al Señor para ser sanadas por el bálsamo de su amor y su perdón.

El Señor nos invita a revisarnos y profundizar en nuestro conocimiento personal y actuar en coherencia con lo que hemos profesado; es una bajada al corazón, que requiere de mucha humildad, para encontrarnos con los enemigos que no nos dejan ser auténticas seguidoras de Jesús y superarlos con su gracia.

La Liturgia del Miércoles de Ceniza nos da tres herramientas fundamentales para vivir con hondura estos cuarenta días y nos permitirán celebrar alegres el misterio pascual, en una vida que se renueva en el amor a Cristo, en la entrega a los hermanos, y en el ayuno que supone dejar todo aquello que nos estorba y satura, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero lleno de gracia y de verdad.

El papa Francisco nos insta a recorrer este camino cuaresmal poniendo la mirada en Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión, nos invita a renovar nuestra fe, a saciar nuestra sed con el agua viva de la esperanza y a recibir “con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo”.

Este itinerario de la Cuaresma, nos dice el papa, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo. Nuestra entrega generosa al Señor y nuestro deseo de fidelidad sean la voluntad responsable y firme de perseverar en la confianza y el amor, a pesar de nuestras deficiencias que tantas veces la amenazan. Para ello pidamos su Espíritu Santo para mantenernos fieles, progresando cada día en santidad y sabiduría, ante Dios y ante los hombres.

La oración del Padrenuestro encierra una riqueza única para obtener de Dios las gracias que necesitamos para vivir esta fidelidad de hijas y hermanas, consagradas para la misión.

El Señor nos llama a la santidad (1Ts4,7), por ello, pidamos que nuestra consagración religiosa mar vivifique toda nuestra vida; se impregne en su raíz de la sabia divina, del Espíritu Santo, que nos haga anunciadoras de su misericordia y esperanza para la humanidad enferma y herida.

Pidamos con fe que el Reino de Dios crezca dentro de nosotras, que aparte la cizaña de nuestros pecados, para que crezca nuestro compromiso al servicio de la justicia y de la paz.

Que la voluntad del Padre, que Cristo realizó a plenitud, sea en nosotras nuestro norte para que su gloria resplandezca.

Pidamos con una confianza absoluta que el alimento cotidiano sea propiciado cada día, especialmente, a sus hijos abandonados y empobrecidos y que no nos falten el pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo donde saciar nuestra hambre de justicia y compromiso por los más pobres.

Que nos perdone porque nos reconocemos ante Él pecadoras y, por tanto, mendigas de su gracia regeneradora.  

Pidamos que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal. El espíritu malo se mete por los entresijos de nuestras heridas, carencias, sospechas, insatisfacciones y nos aparta del camino del anonadamiento y la cruz, del perdón y la reconciliación.

Amén, así sea en nuestra vida, y todo se nos dará por añadidura, dice el Señor.

En comunión de vida y de oración, Dios nos conceda aquello que pediremos en esta Cuaresma para cada una de nosotras y de la humanidad.

María, Madre de Consolación y san José nos acompañen en este itinerario cuaresmal.

Leganés, 14 de febrero de 2021

 

Nieves María Castro Pertíñez

Superiora general