+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58

Jesús dijo a los judíos:

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.» Palabra del Señor.

¿QUÉ DICE EL TEXTO?

El evangelio de Juan no incluye un relato de la institución de la eucaristía semejante al que encontramos en Mateo, Marcos o Lucas. En cambio, casi todo su capítulo sexto está ocupado por un discurso de Jesús que, especialmente en su última parte -la que ahora vamos a leer-, nos ayuda a profundizar en el sentido de este sacramento.

El capítulo sexto del evangelio de Juan contiene la narración del signo de la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15) seguida de un discurso en el que se revela su intención más profunda (Jn 6,26-59). En él, Jesús se identifica con el alimento (“pan”) que Dios ha dado a la humanidad (“bajado del cielo”) y que es preciso asimilar mediante la fe (“comer”) para tener vida eterna. La última parte de este “discurso del pan de vida” -que es la que acabamos de leer- suele conocerse como “discurso eucarístico” debido al vocabulario que utiliza. Pero no está fuera de lugar, como algunos piensan. De hecho, tanto el primer versículo (v. 51) como el último (v. 58) resumen las ideas fundamentales que Jesús ha desarrollado antes. Se debe interpretar, por tanto, en continuidad con el resto del discurso, sin olvidar por ello su dimensión eucarística.

¿Con qué identifica Jesús el pan que él da? – El discurso da un salto cualitativo cuando Jesús asegura que ese pan que él da es su “carne”. Para entender el alcance de esta afirmación hay que recordar que, según la visión bíblica, la “carne” designa a la persona entera en su condición mortal. Por eso, el evangelio de Juan utiliza esta palabra para certificar que el Verbo de Dios se humanizó hasta las últimas consecuencias (Jn 1,14). O sea, que el pan del que habla Jesús es él mismo, su propia vida entregada totalmente desde su encarnación hasta su muerte. Una entrega libre, no impuesta, pues es él quien “da” ese pan, dándose a sí mismo “para la vida del mundo”.

¿Cómo reaccionan los judíos ante estas palabras de Jesús? ¿Qué dificultades tienen para entenderlas? – No es ésta la única vez que el “discurso del pan de vida” suscita la incomprensión y el rechazo de los oyentes (Jn 6,41.60.66). (…) Jesús, en cambio, insiste en que su carne y su sangre son “verdadera” comida y “verdadera” bebida capaces de saciar. Él es la víctima inmolada cuya muerte violenta se ha convertido, paradójicamente, en fuente de vida. Pero no de una vida puramente humana, sino de la misma vida del Hijo del hombre, la que merece el calificativo de “eterna” y se concreta en la promesa de la “resurrección”. ¿En qué consiste esta promesa según los vv. 56-57? – Los vv. 56-57 dan un paso más al explicar los efectos que produce en el discípulo participar de esta comida. Dice Jesús: el creyente “vive en mí y yo en él”. Esta afirmación resulta chocante desde el punto de vista natural, pues aquí es el “alimento” el que asimila al “alimentado”. Todo ello nos obliga a buscar el sentido profundo de estas palabras, seguramente inspiradas en las “fórmulas de alianza” del Antiguo Testamento. En ellas se establecía un pacto entre Yavé e Israel: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jr 31,33). Pero Jesús va más allá al plantear una relación de mutua intimidad que elimina toda distancia entre él y el creyente, ya que ambos habitan el uno en el otro. Esta imagen habla de la comunión recíproca con Cristo que debe caracterizar la vida del discípulo (Jn 15,4-7).

Más todavía, esta “nueva alianza” apunta hacia el misterio de la Trinidad, pues está inspirada en la vinculación perfecta que el Hijo mantiene con el Padre, que es origen de toda vida y la transmite al creyente por medio de Jesús. – Es imposible leer estos versículos sin pensar en la eucaristía. En ella se actualizan sacramentalmente la muerte y la resurrección de Cristo. Al comer materialmente un pan que es su “carne”, nos solidarizamos con esa entrega total mediante la que Jesús nos ha comunicado su propia vida por amor. Lo que nos recuerda el “discurso eucarístico” es que este gesto litúrgico se convierte en un gesto vacío si no va acompañado de una verdadera adhesión creyente a su persona.

SAN AGUSTÍN COMENTA

¿Qué palabras habéis oído de boca del Señor invitándonos? ¿Quién invitó? ¿A quiénes invitó y qué preparó? Invitó el Señor a sus siervos, y les preparó como alimento a sí mismo. ¿Quién se atreverá a comer a su Señor? Con todo, dice: Quien me come vive por mí. Cuando se come a Cristo, se come la vida. Ni se le da muerte para comerlo, sino que él da la vida a los muertos. Cuando se le come, da fuerzas, pero él no mengua. Por tanto, hermanos, no temamos comer este pan por miedo de que se acabe y no encontremos después qué comer. Sea comido Cristo; comido vive, puesto que muerto resucitó. Ni siquiera lo partimos en trozos cuando lo comemos. Y, ciertamente, así acontece en el sacramento, y saben los fíeles cómo comen la carne de Cristo: cada uno recibe su porción, razón por la que a esa gracia llamamos «porciones». Se le come en porciones, y permanece todo entero; en el sacramento se le come en porciones, y permanece todo entero en el cielo, todo entero en tu corazón. (…) ¿En qué consiste comer a Cristo? No consiste solamente en comer su cuerpo en el sacramento, pues muchos lo reciben indignamente, de los cuales dice el Apóstol: Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su condenación.

Pero ¿cómo hay que comer a Cristo? Como él mismo indica: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Por tanto, si él permanece en mí y yo en él, es entonces cuando me come, es entonces cuando bebe; quien, en cambio, no permanece en mí ni yo en él, aunque reciba el sacramento, lo que consigue es un gran tormento. Lo que él dice: Quien permanece en mí, lo repite en otro lugar: Quien cumple mis mandamientos permanece en mí y yo en él. Ved, pues, hermanos, que, si los fieles os separáis del cuerpo del Señor, hay que temer que muráis de hambre. En efecto, él mismo dijo: Quien no come ni bebe mi sangre, no tendrá en sí vida. Si, pues, os separáis hasta el punto de no tomar el cuerpo y la sangre del Señor, es de temer que muráis; en cambio, si lo recibís y bebéis indignamente, es de temer que comáis y bebáis vuestra condenación. Sermón 132 A

¿QUÉ ME DICE EL TEXTO?

Yo soy el pan vivo bajado del cielo”: ¿Qué aspectos del misterio personal de Jesús has descubierto hoy con más claridad? – ¿Por qué Cristo es el pan vivo? ¿Cómo vives el sacramento de la Eucaristía?

“El que come mi carne… vive en mí y yo en él”: ¿Vives la celebración de la eucaristía como un rito litúrgico rutinario o es expresión de

 tu fe en Jesús? ¿En qué notas que la comunión eucarística “alimenta” tu relación con él?

“El pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo”: ¿En qué sentido te ayudan estas palabras a orientar tu compromiso cristiano? ¿Qué significaría según ellas vivir “eucarísticamente”?

 “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día“: ¿Te ayuda la celebración de la eucaristía a vivir con más esperanza? ¿Por qué?

¿Cómo te da vida la Eucaristía? ¿qué relación encuentras entre la eucaristía y la Iglesia, cuerpo de Cristo?

Ora con la frase: ¡Oh sacramento de piedad! ¡Oh signo de unidad! ¡Oh vínculo de caridad! (Io.eu.tr.26,13).

¿Qué he descubierto de Dios y de mi en este momento de oración?

¿QUÉ ME HACE DECIR EL TEXTO A DIOS?

Tu eres mi alimento, Señor. Mi alimento que vivifica, me hace crecer en tu amor, en tu voluntad. Tu voluntad es que crea en ti y te ame con el amor que tú me amas. Con ese mismo amor, debo amar a mis hermanos, a todos, sin exclusión, de forma gratuita, desinteresada, rebosante, sin cansarme ni quejarme.

Te pido el don del amor, ese amor que deriva del Padre que me ama antes de la creación del mundo, ese amor que deriva de ti, el Hijo que se expresa en la cruz, dando tu vida por mí, para que tenga vida prolongada en tu Eucaristía, presencia viva y real, pan vivo bajado del cielo.

El mundo no te conoce Señor. Busca otro alimento que sacie su sed de amor, de diversión, de consumismo, de felicidad pasajera, y siempre tiene hambre, porque está vacío de ti.

Si todos te conociéramos, el mundo cambiaría y prevalecería la justicia, la solidaridad, la comunión y la comunidad de vida.

Haz Señor que cada ser humano te conozca para que sienta hambre de ti, te ame y al amarte tenga vida eterna: deseos de darse, de olvidarse de sí, para expandirse en los demás y hacerse alimento y manjar que multiplique tu don, tu alimento; y nadie, realmente, nadie más, tenga hambre de pan y de vida robada, arrebatada, violentada, acribillada.

Gracias, Señor, por este misterio de amor, único, entrañable, fiel, transformador.

Gracias por ser don, alimento, perdón, justicia, unidad indivisible, pan saciante por lo que vale la pena vivir y morir, ser en ti, darse en los demás y así decir: “Es como el amor tu pan, es como el amor, cuanto más se da, Señor, más abundará.”

Oración colecta

Señor Jesucristo,
que en este admirable sacramento
nos dejaste el memorial de tu Pasión,
concédenos venerar de tal manera
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que podamos experimentar siempre en nosotros
los frutos de tu redención.
Que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo,
y eres Dios, por los siglos de los siglos.