Salió el sembrador a sembrar…

INTRODUCCIÓN

Las parábolas nos llevan al centro de la palpitante vida cotidiana. Con una impresionante sencillez, Jesús se acerca a la vida real concreta de sus oyentes: Así son las cosas de Dios… como cuando sale un sembrador a sembrar su campo (Mt 13,1s). O como la mujer que pone la levadura en la masa (Mt. 13,1s). O como el pastor que corre en busca de una oveja que se le ha perdido… (Lc. 15,1-6). Las parábolas de Jesús son narraciones sencillas, normalmente cortas, penetrantes, con una gran capacidad para sorprender y cautivar, para hacer pensar. Y siempre invitan al oyente a pasar de un mundo viejo y sin horizontes a un país nuevo y lleno de vida. A eso precisamente Él llama Reino de Dios.

 LECTURAS BÍBLICAS

1ª lectura: Is 55,10-11

2ª lectura: Ro 8,18-23

 EVANGELIO: Mt 13, 1-9:

 Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 REFLEXIÓN

 Para entender las parábolas: En toda parábola hay que distinguir tres etapas: a) La parábola tal y como fue dicha por Jesús. b) La parábola predicada en la tradición oral y c) La parábola escrita por el Evangelista. En esta parábola del sembrador, la parábola original de Jesús sería (13,3-9), sin más explicaciones. Lo característico de la parábola de Jesús parece ser un doble mensaje: el derroche del sembrador y la certeza de una cosecha sobreabundante.

  1. «Salió el sembrador a sembrar». Y salió con su juventud, su entusiasmo, su canción por el monte, y su zurrón lleno de buena semilla. El sembrador es Jesús como Maestro. De hecho, por dos veces, se dice que Jesús se sentó. Y cuando Jesús se sienta es que quiere enseñar. Jesús es un Maestro, pero no un Maestro de matemáticas o geografía. Jesús es un Maestro de vida. Con Jesús se aprende a vivir. Sus parábolas son una llamada a entender la vida y vivirla tal como la entendía y vivía él. Si no sintonizamos con Jesús, difícilmente entenderemos sus parábolas. El Papa Francisco nos manda “salir”. Pero no podemos salir de cualquier manera. Se trata de salir “con el zurrón cargado de buena semilla”. Se trata de ir al mundo con la alegría de Jesús, con el entusiasmo de Jesús, con la seguridad de Jesús de llevar una buena semilla capaz de cambiar el mundo.
  1. En la parábola original de Jesús se habla del derroche. La parábola original habla, antes que nada, de Dios como Gratuidad, Exceso y Derroche… Podemos adivinar, entre líneas, el gesto de Jesús diciendo: «Dios es así». ¡Tantas veces lo hemos empequeñecido, al hacerlo «de los nuestros», reduciéndolo a un gran Legislador o pervirtiéndolo con rasgos amenazadores o incluso crueles. El «Exceso» o «Derroche» significa todo lo que Él está dispuesto a darnos si nos abrimos a Él. En tanto en cuando nos abramos a la verdad de quienes somos, más allá de las «etiquetas» y «sueños» de nuestra mente, percibiremos la sobreabundancia del Misterio («tendremos de sobra»). Si, por el contrario, permanecemos recluidos en la identificación con nuestro ego, será irremediable que notemos cómo, día a día, se empobrece nuestra existencia. Es importante descubrir que el sembrador “lo sembró todo”. También los caminos, también las zarzas, también las rocas. A veces, en medio de una roca, aparece un arbusto. Por alguna hendidura misteriosa se ha abierto camino una semilla y ha dado como fruto una hermosa planta, más bella por la rareza del lugar. Jesús nos invita a no cansarnos nunca de sembrar y no dar nada por perdido. Ese alumno que nunca escucha y que parece que no le interesa nada de la clase, puede reaccionar. Ese hijo que se ha ido de casa, no lo des por perdido. Un día puede volver.
  1. Y, al final, habrá una gran cosecha. El segundo rasgo que acentúa la parábola es sólo una consecuencia: el fruto terminará siendo también un exceso. Para una tierra como Palestina, en la que, por entonces, una cosecha normal daba el siete por uno, era sorprendente hablar de un rendimiento del treinta, sesenta o cien. Equivalía a desbordar la previsión más optimista. Una «exageración» conscientemente provocativa. Dios nos manda sembrar y no cansarnos de sembrar. Otro vendrá y recogerá lo que nosotros hemos sembrado. Los frutos los da Dios. Por eso son tan sobreabundantes. Jesús sembró y se sembró en la tierra. La cosecha era asunto del Padre. Y la cosecha fue sobreabundante.

 SAN AGUSTÍN COMENTA

 Ayer me dirigí al camino, me dirigí a los pedregales, me dirigí a los zarzales y les dije: «Cambiad, mientras os es posible; romped con el arado la dureza del terreno, quitad las piedras del campo, arrancad las zarzas del terreno. No tengáis un corazón duro en el que muera pronto la palabra de Dios. No tengáis tan delgada capa de tierra, que la raíz de la caridad no pueda alcanzar profundidad. No ahoguéis con las preocupaciones y apetencias seculares la buena semilla que mi fatiga esparce en vosotros. Realmente quien siembra es el Señor, pero yo soy su bracero. Sed tierra buena». Lo dije ayer, y hoy lo repito a todos: «Que uno produzca ciento, el otro sesenta, el otro treinta. El fruto es mayor en uno y menor en otro, pero todos se hallarán en el granero» (Sermón 73,3).

 PREGUNTAS

  1. Dios me manda salir a sembrar. ¿Cuál es mi situación de ánimo? ¿Salgo con alegría, con entusiasmo, con esperanza?
  1. ¿Estoy convencido de que no debo cansarme de sembrar? ¿Doy a alguna persona por perdida?
  1. El sembrar es cosa mía; el recoger es de Dios. ¿Pienso que Dios es tan mezquino y cicatero como yo?

 ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

 

Eres, Señor, «Sembrador»,
que siembras buena semilla
por el centro y los rincones
del campo de nuestra vida.

A veces, somos «camino»,
personas endurecidas,
y los pájaros del cielo
se la comen en seguida.

Otras veces, acogemos
la siembra con alegría,
pero las «piedras» extrañas
la matan con sus heridas.

Y siempre, la seducción
de nuestro afán consumista,
como las «zarzas» punzantes,
la rodean y la asfixian.

Haznos, Señor, «tierra buena»,
bien dispuesta a la acogida,
para que dé tu semilla
rica cosecha de espigas.

Que tu «Palabra», Señor,
sea nuestra luz y guía.
La «lluvia» que Tú nos das
nunca vuelve a Ti, vacía.

Que seamos «sembradores»
de paz, de amor y justicia
y hagamos de nuestra tierra
un hogar, una familia.

(Escribió estos versos José Javier Pérez Benedí)