Esta frase para madre Carmela no fue sólo un pensamiento agustiniano, sino un lema de vida que Dios le regaló desde que la llamó.
Madre Carmela tenía claro aquello de que la comunidad es el eje en torno al cual gira la vida agustiniana: comunidad de hermanos y hermanas que viven unánimes en la casa, teniendo una sola alma y un solo corazón, buscando juntos a Dios y dispuestos a servir a la Iglesia.
Vivir en comunidad, para madre Carmela, era vivir por el bien común, en la verdad y por amor a Dios; dejarse amar por Dios para poder amar a los demás. Ese tener una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios. Literalmente, buscando juntas a Dios, así tiene sentido la vida comunitaria: no buscando el propio interés. Pero esto solo lo vive quien se ha dejado tocar por el Señor, como lo hizo la hermana Carmela Ruíz.
“Llegó el día de la profesión, 11 de febrero de 1927… Sentía mi miseria, mi nada, pero por eso mismo, Dios me había escogido entre tantas niñas mil veces mejores que yo. Me sentía amada de Dios y yo, a mi vez, ¡le amaba tanto!”
Por eso, después podía dejar que el Señor moviera su corazón hacia el perdón, la entrega, el bien común (aunque a veces hubiera discusiones, que son parte de la vida, pero constructoras de libertad si son movidas por la búsqueda de la verdad). De ahí que en su libro se pueden encontrar expresiones como:
“Deseo hacer a todas mis hermanas todo el bien posible, y que ellas me perdonen a mí con la misma generosidad que yo a ellas”.
(Madre Carmela Ruíz)
“Dios llenaba toda mi existencia; quería mucho a todas mis hermanas religiosas y sentía que ellas también me querían a mí, siendo para mí un verdadero placer, en el caso de aquellas que lo necesitaban, poder sacrificarme por ellas, demostrarles de alguna manera mi agradecimiento por haberme recibido. Sobre todo, sentía un cariño especial por las mayores… También recuerdo la amistad profunda y buena entablada con mi connovicia sor Angustias. Me parecía un modelo que yo debía imitar. A la hermana M. Ángeles le tenía un cariño especial desde que entré. Teníamos las dos muchos deseos de ser santas: hicimos un pacto de ir todos los días, antes del recreo de la noche, ante la Virgen, a rezar tres Avemarías y contarle las caídas y progresos espirituales, y ¡con qué fervor le cantábamos la Salve o alguna otra plegaria antes de entrar en la sala de recreo!”
Es admirable en esta gran mujer cómo, desde los pequeños detalles, quiso hacer vida con sus hermanas aquello de una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios. Pero no sólo eso: en ese movimiento interno del corazón, haciendo palpable la expresión agustiniana del Maestro interior, se dejó guiar por la lectura de la historia de la Orden. No solo se sentía admirada por lo que leía de los frailes, sino que se dejaba mover en amor hacia la misión y las necesidades de la Iglesia.
“Los domingos por la tarde me subía al dormitorio y allí, a solas y en silencio, leía las crónicas de la Orden. Allí aprendí a admirar las grandes virtudes y la vida de penitencia a la que se sometían, por amor al Señor, aquellos religiosos antiguos, despertando en mí grandes deseos de imitarles. Fue leyendo la Historia de la Orden donde aprendí a amarla con toda mi alma”.
Por todo esto, hoy las Misioneras Agustinas Recoletas celebramos la fiesta de San Agustín dando gracias a Dios por lo que hizo en madre Carmela a través del carisma de la Orden, y por el legado que hoy nos invita a seguir a nosotras.