Curioso título para un anuncio, y cualquiera diría que es la promoción de una nueva página web, pero no es así. Con este título pretendemos recoger el trabajo de un mes, un mes lleno de intensidad, ilusión, alegría, trabajo y mil cosas más.
“Entonad acción de gracias y cantad un cántico muevo. Aclamad a Dios Yahvé, aclamad con amor y fé.”cf Sl 146)
Sí, fue el día 05 de junio de 1964, en la festividad del Corazón de Jesús, siendo Papa, PAULO VI, que las MAR, con apenas diecisiete años de existencia, fueran reconocidas como Congregación de Derecho Pontificio.
Así reza el Decreto de Alabanza: “El Instituto denominado “Hermanas Agustinas Recoletas Misioneras de María” tuvo su origen en la Archidiócesis de Pamplona por obra y celo del excelentísimo señor Francisco Javier Ochoa, O.R.S.A., quien tanto en sus tareas Misionales, a las que estuvo dedicado muchos años, como en la misma fundación de esta Congregación, tuvo por valiosa cooperadora a la Hermana Sor Esperanza Ayerbe la Cruz, la cual fue también designada primera Superiora General.
El 23 de mayo día en el que la Madre Esperanza Ayerbe de la Cruz, -Co fundadora de las Misioneras Agustinas Recoletas – entregó su vida al Padre, la Congregación celebra el DÍA VOCACIONAL MAR, día en que se nos invita a reflexionar con todas las personas, adultas, jóvenes y niños, la vocación a la que hemos sido o podemos ser llamados.
M. Esperanza, nació en Monteagudo (Navarra, España) el 8 de junio de 1890, en el hogar formado por D. Ignacio Ayerbe y Doña. Araceli Castillo. Ingresó en el Real Convento de la Encarnación de Madrid, de las Agustinas Recoletas, el 8 de junio de 1917, inició su noviciado el día 8 de diciembre del mismo año. Emitió sus primeros votos el 10 de diciembre de 1918 e hizo los votos solemnes el 19 de mayo de 1921.
Las hermanas que la conocieron nos cuentan que era una mujer de Dios, de profunda convicción cristiana, de intensos encuentros con el Señor en la oración, de gran docilidad al Espíritu y de una sabiduría sencilla para acoger la voluntad de Dios y conducir a la congregación por nuevos caminos.
La vocación es siempre, y en primer lugar, una elección divina, cualesquiera que fueran las circunstancias que acompañaron el momento en que se aceptó esa elección. Hablamos de vocación a nivel general, laico comprometido, religiosa, sacerdotal o misionera.
La fidelidad a la vocación sea cual sea, es fidelidad a Dios, a la misión que nos encarga, para lo que hemos sido creados: el modo concreto y personal de dar gloria a Dios. Desde donde nos encontremos, por ejemplo, el matrimonio tiene que mostrar en la familia, el compromiso que se adquiere con la esposa, el esposo y las responsabilidades que se tienen para con los hijos, dando testimonio cristiano. Cada uno desde el momento y situación en la que se encuentre, buscando responder a la vocación a la que Dios nos llama.
“Y subiendo al monte llamó a los que él quiso, y fueron junto a él. Y eligió a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios. Y formó el grupo de los doce” (Mc.3, 13).
Cristo elige a los suyos, y este llamamiento es su único título. Jesús llama con imperio y ternura. Nunca los llamados merecieron en modo alguno la vocación para la que fueron elegidos, ni por su buena conducta, ni por sus condiciones personales. Es más, Dios suele llamar a su servicio y para sus obras, a personas con virtudes y cualidades no tan sobresalientes, para lo que realizarán con la ayuda divina.